Super Bowl: cómo la publicidad nos entrena para gastar (y casi nadie lo nota)
Para muchas personas, el Super Bowl es sinónimo de fútbol, anuncios espectaculares y comida. Para otros como bien dijo un amigo recientemente es pensar automáticamente en alitas. Y esa asociación no e…

Para muchas personas, el Super Bowl es sinónimo de fútbol, anuncios espectaculares y comida. Para otros como bien dijo un amigo recientemente es pensar automáticamente en alitas. Y esa asociación no es casual. Es el resultado de una de las maquinarias de persuasión comercial más sofisticadas del mundo.
El Super Bowl no es solo un evento deportivo. Es un fenómeno económico y cultural que mueve miles de millones de dólares antes, durante y después del partido. Y gran parte de ese movimiento no ocurre en el estadio, sino en los hogares: supermercados, restaurantes, apps de delivery, tiendas de electrodomésticos y plataformas digitales.
El verdadero juego ocurre fuera de la cancha
Las marcas pagan cifras millonarias por segundos de exposición durante el Super Bowl porque conocen algo muy claro: ese es uno de los momentos de mayor vulnerabilidad del consumidor. No porque sea débil, sino porque está emocionalmente receptivo.
La publicidad del Super Bowl no vende productos; vende momentos:
- Reuniones con amigos
- Risas compartidas
- Celebración
- Tradición
- “La experiencia completa”
Y ahí es donde entra la comida. Las alitas, las pizzas, los snacks y las bebidas no se consumen solo por hambre, sino porque ya forman parte del ritual mental del evento. El marketing logró algo poderoso: hacer que el consumo se sienta obligatorio para disfrutar plenamente.
Publicidad que no se percibe como publicidad
Uno de los mayores logros del Super Bowl es que sus anuncios no se viven como interrupciones, sino como parte del espectáculo. Las personas los esperan, los comentan, los comparten. En términos financieros, eso es oro puro.
Cuando una persona compra más comida de la habitual, cambia el televisor “para vivir la experiencia”, pide delivery sin comparar precios o gasta de más porque “es una sola vez al año”, no está tomando una decisión aislada. Está respondiendo a un estímulo diseñado con precisión.
El problema no es gastar. El problema es no ser consciente de por qué estamos gastando.
El consumo emocional también impacta las finanzas
El Super Bowl es un excelente ejemplo de cómo los eventos masivos disparan el gasto emocional. No se siente como derroche porque está socialmente validado. “Todo el mundo lo hace”. Y esa validación social es uno de los mayores impulsores del consumo impulsivo.
Desde la perspectiva financiera, este tipo de gasto tiene tres características claras:
- No estaba planificado en detalle
- Se justifica por la ocasión
- Rara vez se evalúa después
No solemos preguntarnos:
¿Valió la pena lo que gasté?
¿Compré porque lo necesitaba o porque el contexto me empujó?
¿Ese gasto afectó mi presupuesto del mes?
La lección financiera detrás del espectáculo
El Super Bowl no es el problema. Es el espejo. Nos muestra cómo el marketing, cuando se apoya en emociones, tradiciones y presión social, puede influir directamente en nuestras decisiones financieras.
La educación financiera moderna no se trata solo de presupuestos, ahorro o inversión. También se trata de entender cómo el entorno influye en nuestro comportamiento con el dinero.
Disfrutar el evento no está mal. Compartir comida, reunirse y celebrar tampoco. Lo verdaderamente valioso es desarrollar la capacidad de decidir conscientemente:
- cuánto quiero gastar,
- en qué vale la pena gastar,
- y qué gastos responden más a la emoción que a mis objetivos financieros.
El Super Bowl nos recuerda algo fundamental: el dinero no se va solo; alguien siempre nos está empujando a gastarlo. La diferencia entre un consumidor reactivo y uno financieramente consciente no está en dejar de disfrutar, sino en saber cuándo está jugando… y cuándo lo están jugando.









